Apelandia...El reencuentro en lo de Tonga (sin mucha explicación).
El martes último pasó algo. Nos juntamos después de… ¿cuántos años? Mejor no hacer la cuenta.
La cuestión es que aparecimos, convocados casi de manera imprevista, cosa rara en el ingeniero.
Cada uno con su historia, con sus canas (algunos más, otros menos), con vidas completamente distintas a aquellas… pero con algo raro: en cinco minutos ya estábamos otra vez ahí.
Como si nada... abrazo va, abrazo viene… y listo. No hubo que explicar demasiado.
Empezaron a caer las anécdotas, las de siempre. Las que todos ya conocemos. Las que igual se cuentan otra vez y , obvio, el infaltable calambre de Lolo.
Y en el medio alguien tira: “¿Te acordás del cumpleaños de Giuly?” Y sí… cómo no. una beba de un año y treinta adultos alrededor, como si fuera lo más normal del mundo. Eso éramos. Gente trabajando en Armenia… pero en realidad haciendo otra cosa. No sé bien qué, pero otra cosa.
Después, como si nada, aparece el presente: la beba tiene 20, vive en Tandil, estudia cine, aparecieron nuevos chicos en el grupo, los melli, las nenas que ya no lo son, los nietos, un cuervito nuevo (mammma), Marquitos que ya es Marcos, etc. Y todos nos quedamos medio recalculando. En qué momento pasó todo eso.
También salió mi viaje reciente de una escapada a Armenia o los de Fer con la excusa de competir. Volver a los mismos lugares. Ver que siguen ahí. Iguales. O no tan iguales… pero lo suficiente. Raro.
Anoche no fue una reunión de “ponerse al día”. Fue más bien confirmar que hay cosas que no se fueron a ningún lado nunca. No con todos quizás. Pero sí con la mayoría. Y alcanza.
No hubo grandes conclusiones. Ni falta que hace. Solo quedó dando vueltas una idea medio simple: esto estaría bueno repetirlo. Sin tanta espera la próxima. Porque si algo quedó claro es que hay historias que valen la pena. que hay vínculos que no se pierden y que, a veces, lo importante no es lo que hicimos... sino con quien lo vivimos…
es que Apelandia no era un lugar. Era esto y sigue estando.